Una vez que hemos contactado con todas las agencias de traducción que hemos podido encontrar, el siguiente paso debería ser buscar clientes directos. Para empezar deberíamos definir un campo de acción, ya sea nuestra ciudad o bien el sector en el que estemos especializados.
Una vez definido qué sector queremos abarcar, debemos recabar toda la información posible, como direcciones de correo, e-mail, páginas web, etc. Aquí es donde debemos aplicar nuestra inventiva para obtener dichas direcciones. Un recurso fácil sería acudir a la Cámara de Comercio de nuestra ciudad y pedir un listado. Lamentablemente, ese no es un servicio gratuito y las cámaras de comercio se ganan muy bien la vida vendiendo esos listados que por otra parte tampoco son muy completos.
Así que no nos queda más remedio que consultar directorios y extraer las direcciones que consideremos más interesantes. Internet suele ser una herramienta muy útil para estos menesteres, pero también podemos utilizar publicaciones especializadas en el sector que vayamos a cubrir.
Una vez recopilada la información, deberemos decidir cómo vamos a contactar con nuestros clientes potenciales. Las dos maneras más comunes son por carta de correo ordinario o mediante correo electrónico. El correo ordinario tiene como ventaja que es mucho más difícil de ignorar, aunque nadie nos asegura que nuestra carta vaya a parar directamente a la papelera. El gran inconveniente de este método es lógicamente el costo que nos supondría por ejemplo enviar 1.000 cartas en comparación con los contactos que podríamos conseguir con ellas. Es por esto que yo reservo la carta para aquellas empresas que sé positivamente que podrían estar interesadas en mis servicios, aunque quizá ya estén cubiertos por otro proveedor.
El correo electrónico es un medio mucho más rápido y económico pero también mucho más fácil de ignorar. Basta con darle a un simple botón y nuestro potencial cliente se habrá deshecho para siempre de nosotros. Pero la ventaja principal de este método es su coste prácticamente nulo.
Cuando hayamos decidido el método de envío, deberemos pensar en qué es lo que queremos comunicar y cómo vamos a hacerlo. A mi modo de ver, nosotros somos una empresa de servicios y como tales debemos presentarnos. No somos una persona que busca trabajo, sino alguien que ofrece soluciones a empresas. Por lo tanto, no aconsejaría a nadie enviar su currículum a un cliente directo potencial pidiendo trabajo. Escribiremos una carta comercial ofreciendo nuestros servicios de traducción o lingüísticos. Explicaremos qué es lo que ofrecemos y por qué podemos ser de utilidad para su empresa. Destacad vuestros puntos fuertes: conocimiento del sector, tarifas competitivas, rapidez en la entrega, calidad, asesoramiento lingüístico, etc.
Si todavía no tenéis vuestra tarjeta profesional, este es un buen momento para hacerla, así como un logotipo o una carta comercial. Enviad una tarjeta con vuestras cartas, porque puede que se deshagan de la carta, pero decidan guardar la tarjeta en un tarjetero, «por si acaso.»
Intentad que vuestra carta comercial tenga un diseño atractivo y profesional a la vez. Evitad las combinaciones de colores llamativas al estilo Kandinsky. Muchas veces menos es más. Redactad vuestra carta, escribid todo lo que se os ocurra y luego pensad qué podéis eliminar, qué es superfluo. Poneos en la posición de quien la va a leer. ¿Qué es lo que le interesa? ¿Qué quiere que le cuenten? Yo no aconsejaría una carta de más de dos páginas e incluso optaría por una carta de una sola página donde digamos claramente todo aquello que consideremos esencial.
Por último, decir que deberéis ser constantes en estas tareas de promoción. Marcaos un número de cartas semanales, 10 ó 20 por ejemplo y cumplidlo. Este es el modo de ir consiguiendo clientes nuevos que quizá sean más interesantes que los que ya tenemos.

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