El otro día un compañero me escribió pidiéndome consejo. Había realizado un encargo para una compañía de traducción asiática y andaba con la mosca detrás de la oreja ante la posibilidad de que la traducción que tanto esfuerzo le había costado realizar, se quedara sin la lógica y esperada compensación monetaria.
Eso me hizo pensar en qué pasos debemos dar para intentar asegurarnos que nuestra lista de morosos e impagados sea lo más corta posible o, a poder ser, inexistente. Lo primero son cuestiones de lógica y sentido común. Si alguien contacta con nosotros por correo electrónico y lo único que nos dicen es «tradúceme esto al inglés» y ni siquiera firman o firman sólo con su nombre, lo más lógico es que no se trate de una persona seria. Lo mínimo que podemos exigir a alguien que contacta con nosotros a través de internet es una dirección física de la empresa y un número de teléfono en el que le podamos encontrar. A veces, es buena idea llamar con alguna excusa para comprobar que realmente el teléfono es correcto. La experiencia también me dice que todo aquel que parece únicamente preocupado por «cuánto le va a costar» suele ser también mal pagador.
Lo más lógico sería pedir una parte a cuenta de la traducción para todos aquellos clientes nuevos. Si el cliente pregunta debemos ser sinceros y decirle que solemos hacerlo de modo rutinario con los clientes nuevos para evitarnos disgustos.
Las agencias de traducción son mucho más reacias a dar «anticipos» y deberemos esperar pacientemente a que venza la factura para poder cobrar nuestra traducción. Pero, ¿pagarán? La respuesta a esta pregunta nos puede tener angustiados una temporada. Curiosamente, la angustia es mayor cuanto mayor es el importe de la factura a cobrar. Lo primero que debemos hacer al recibir una propuesta de traducción de una agencia es analizar un poco el mensaje de correo que nos hayan enviado. Al igual que con una empresa, debería figurar el nombre de la persona, el cargo, su dirección y su número de teléfono. Si el tono del mensaje es correcto, seguiremos con nuestras pesquisas. Si no lo es, deberíamos empezar a sospechar. El primer paso que debemos dar es comprobar qué tipo de cuenta de correo tiene nuestro interlocutor. Si nos ha escrito desde una cuenta gratuita de tipo Hotmail o Yahoo, ya tendremos otro motivo para sospechar, puesto que prácticamente ninguna empresa que se precie utiliza este tipo de cuentas. Si la agencia tiene página web, démonos una vuelta por ella para ver qué aspecto tiene y qué sensaciones nos da. Una página “cutre” siempre da “malas vibraciones”. Posteriormente, deberíamos acudir a algún foro de traductores o listas de correo y hacer indagaciones sobre nuestro cliente en potencia. Listas de correo como la de Payment Practices o portales como Proz suelen ser muy útiles.
Si nuestras pesquisas nos dicen que la agencia es buena pagadora, podemos aceptar el encargo. El último paso que deberíamos dar es pedir una orden de compra que las agencias suelen emitir para sus traductores. En ella debe figurar, además de todos los datos de la empresa, el número aproximado de palabras, la tarifa por palabra u hora, el plazo de entrega y cualquier otro tipo de información adicional (como la referencia de la agencia, la descripción del trabajo a realizar, etc.) Normalmente las agencias suelen enviar estas órdenes de motu propio, pero si no es así, no estaría de más exigirla.
Aun siguiendo estos pasos, nadie ni nada nos garantiza cobrar, pero tal vez podamos dormir un poco más tranquilos, hasta que llegue el tan deseado vencimiento de la factura.

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